28 Febrero 2007

Descartes, Freud; certeza y duda

Rodin’s Thinker profile (fotografía de K S)En su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Lacan señala hasta qué punto el procedimiento de Freud es cartesiano en su punto de origen, en el sentido de que parte del fundamento del sujeto de la certeza: la duda es la base de su certeza. No obstante, desde el comienzo de su obra, la “duda” demuestra ser en Freud el instrumento de la certeza de un pensamiento inconsciente. En consecuencia, aunque pudiéramos definir un punto en el que se aproximan, convergen, las maneras de proceder de Descartes y de Freud, desde el comienzo de esa analogía los caminos divergen. Si bien para Freud, al igual que para Descartes, se trata de formular proposiciones de aquello de lo que se puede estar seguro, la duda freudiana está por completo al servicio de un objetivo diametralmente opuesto al de Descartes. A partir de La interpretación de los sueños esa duda no aparece como índice de un conocimiento incierto sino por el contrario como el signo de algo seguro.

Mientras que Decartes apela a la experiencia del sueño como la prueba más evidente de la incertidumbre de nuestros conocimientos, Freud lega a la conclusión inversa: cuanto más nos hace dudar el sueño, más confirma la duda algo verdadero. El contenido del sueño, por el hecho de que siempre tiende a sustraerse, pone a prueba sin cesar la memoria del sujeto. En consecuencia, cuanto más duda este último, más se confirma en él la seguridad de que algo intenta sustraerse, y más comprueba el abismo manifiesto entre lo que ha sido vivido y lo que es referido. Y, subraya Lacan, porque para Freud la duda se presenta como el signo de la resistencia, se convierte en indicio de la certeza de que algo del sujeto intenta preservarse, a la vez que se esfuerza por hacerse oír, a costa de disfrazarse con el hábito de la duda:

Descartes nos dice: Estoy seguro, porque dudo, de que pienso y [...] Por pensar, soy.

De una manera exactamente análoga, Freud, cuando duda —pues al fin y al cabo se trata de sus sueños, y al comienzo, quien duda es él— está seguro por eso de que en ese lugar hay un pensamiento, que es inconsciente, lo cual quiere decir que se revela como ausente. A ese lugar convoca, en cuanto trata con otros, el yo pienso en el cual se va a revelar el sujeto. En suma, está seguro de que el pensamiento ése está allí por sí solo con todo su yo soy, por así decir —por poco que alguien, y ése es el salto, piense en su lugar.

Aquí se revela la disimetría entre Freud y Descartes. No está en el paso inicial de la fundamentación de la certeza del sujeto. Radica en que el sujeto está como en su casa en el campo del inconsciente. Y porque Freud afirma su certeza, se da el progreso mediante el cual nos cambia el mundo [...]

Descartes no lo sabía, salvo que era un sujeto de la certeza y rechazo de todo saber anterior; pero nosotros sabemos, gracias a Freud, que el sujeto del inconsciente se manifiesta, que ello piensa, antes de entrar en la certeza.

Dor, Joël (1994)
Introducción a la lectura de Lacan II: La estructura del sujeto
Barcelona: Gedisa; pp. 78-79

15 Febrero 2007

Ulises: “todo el mundo en un día”

  • Ha estado delirando toda la noche sobre una pantera negra —dijo Stephen—. ¿Dónde tiene la pistolera?
  • ¡Un loco temible! —dijo Mulligan—. ¿Te entró pánico?
  • Sí —dijo Stephen con energía y con creciente miedo— Ahí en la oscuridad, con unos que no conozco, y que delira y gime para sus adentros que le va a pegar un tiro a una pantera negra. Tú has salvado a algunos de ahogarse. Yo no soy ningún héroe, sin embargo. Si ése se queda aquí, yo me voy.

Buck Mulligan miró ceñudamente la espuma de la navaja. Bajó de un brinco de donde estaba encaramado y empezó a registrarse apresuradamente los bolsillos.

  • ¡Mierda! —gritó con voz pastosa.

Pasó hasta la plataforma de tiro y, metiendo la mano en el bolsillo de arriba de Stephen, dijo:

  • Otórgame un préstamo de tu moquero para limpiar mi navaja.

Stephen consintió que le sacara y exhibiera por una punta de un pañuelo sucio y arrugado. Buck Mulligan limpió con cuidado la navaja de afeitar. Luego, observando el pañuelo, dijo:

  • ¡El moquero del bardo! Un nuevo color artístico para nuestros poetas irlandeses: verdemoco. Casi se saborea, ¿no?

Joyce’s Martello Tower by Forty Foot Sandycove

Subió otra vez al parapeto y miró alá, toda la bahía de Dublín, con el claro pelo roblepálido ligeramente agitado.

  • ¡Dios mío! —dijo a media voz—. ¿No es verdad que el mar es como lo llama Algy: una gran dulce madre? El mar verdemoco. El mar tensaescrotos. Epi oinopa pontos. ¡Ah, Dedalus, los griegos! Tengo que instruirte. Tienes que leerlos en el original. Thalatta! Thalatta! La mar es nuestra gran madre dulce. Ven a mirar

Stephen se irguió y se acercó al parapeto. Asomándose sobre él miró, allá abajo, el agua y el barco correo que salía por la boca del puerto de Kingstown.

James Joyce (2005)
Ulises
Barcelona: DeBols!illo; p.91

13 Febrero 2007

Web 2.0

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Video de Michael Wesch

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9 Febrero 2007

Los embajadores

Holbein - Los Embajadores

Hans Holbein el Joven (1533)
Los embajadores (Jean de Dinteville y Georges de Selve)

Enlaces relacionados

4 Febrero 2007

Creencia

  • Tú no eres creyente, ¿verdad? —preguntó Haines—. Quiero decir, creyente en el sentido estricto de la palabra. La creación desde la nada, los milagros y un Dios personal.
  • No hay más que un sentido en esa palabra, me parece —dijo Stephen [...]
  • Sí, claro —dijo, mientras seguía otra vez—. O se cree o no se cree, ¿no es verdad? Personalmente, yo no podría tragar esa idea de un Dios personal. Tú no lo aceptas, supongo.
  • Observas en mí —dijo Stephen con sombrío disgusto— un horrible ejemplo de librepensamiento.

James Joyce (2005)
Ulises
Barcelona: DeBols!illo; p.109